Aquello que no ha pasado, ni pasará, es la idea de la nacionalidad que España defendió contra el derecho de conquista y usurpación. Cuando otros pueblos sucumbieron, ella mantuvo su derecho, lo defendió y, sacrificando su propia sangre, lo consagró como los mártires consagraron la idea cristiana en la arena. El resultado es que España, depreciada injustamente en el Congreso de Viena, despreciada con razón por sus guerras civiles, sus malos gobernantes, sus desórdenes, su bancarrota más o menos declarada, sus tratados inmorales, sus extravagancias, sus corridas de toros y sus proclamas, no ha visto jamás, desde 1808, puesta en duda la continuidad de su nacionalidad. Aun hoy, cuando parece que hemos llegado al último grado de abajamiento, ofreciendo más probabilidades que Polonia para el desmembramiento, nadie se atreve a intentar la conquista de esta casa de locos. Hombres de poco juicio —sin ninguno en ocasiones—, los españoles morirán hoy, como siempre, mil muertes, tropezando y levantándose en la lucha de sus vicios innatos con las grandes cualidades que aún conservan, con aquellas que adquieren lentamente y con las que la Europa central les envía. La Providencia reserva a este pueblo grandes avances y abajamientos, grandes terrores y sorpresas, muertes aparentes y resurrecciones poderosas. Su destino es poder vivir en la agitación como la salamandra en el fuego; pero su permanencia nacional está y estará siempre asegurada.
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