—Venid, llevémosla, raptémosla, señores —dijo Montoria—. Esto no puede prolongarse. ¿Qué se ha hecho mi hijo?
Se la llevaron, y por un momento pude oír sus gritos desgarradores.
—Buenas noches, señor de Araceli —me dijo Montoria—. Voy a ver si puedo conseguir un poco de vino y agua para este pobre huérfano.