Pero para explicar esto, decían que los franceses, al ocupar toda la parte alta, se habían adueñado de todos los almacenes principales de provisiones. Lamentando esto, intentaban consolarnos con alabanzas a nuestro buen comportamiento.
El fracaso del vino me hizo acordar del gran Pirli. Casualmente recordé que lo había visto al principio del combate. Pregunté por él, pero nadie pudo dar razón de su desaparición.
Los franceses ocupaban la iglesia y también parte de la zona superior del convento. A pesar de nuestra desfavorable posición en la parte baja, estábamos resueltos a seguir resistiendo; y teníamos presente la conducta heroica de los voluntarios de Huesca, que defendieron Las Mónicas hasta quedar sepultados bajo sus ruinas.
Estábamos enajenados, y nos creíamos deshonrados si no vencíamos. Nos impulsaba a estas luchas desesperadas una fuerza oculta e irresistible que no puedo explicar sino como la fuerte tensión y la exaltación espiritual que brotan de nuestras aspiraciones hacia el ideal.
Una orden de afuera nos detuvo, dictada sin duda por el práctico buen sentido del general Saint March.
«El convento no se puede sostener», se decía. «En vez de sacrificar hombres sin ninguna ventaja para la ciudad, salgan todos a defender los puntos atacados en la calle de Pabostre y la Puerta Quemada, donde el enemigo intenta avanzar, conquistando casas de las que ha sido rechazado varias veces».
Salimos, pues, de San Agustín. Mientras pasábamos por la calle del mismo nombre, paralela a la del Palomar, vimos que estaban lanzando granadas de mano entre los franceses establecidos en una pequeña plazoleta cerca de estas dos calles.