Cuando la mañana empezó a despuntar, nos separamos.
Por encima de la tapia del jardín aparecían los tejados de las casas vecinas y la cúspide de la Torre Nueva. Señalándomela, Mariquilla dijo: «Cuando esa torre esté derecha, solo entonces dejaré de amarte».
Agustín no dijo más. Sonó un cañonazo desde el lado del monte Torrero, y ambos volvimos los ojos en esa dirección.