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XII. La defensa de Zaragoza

Una parte de su tejado había sido destruida por las bombas, y esto amenazaba también con la destrucción de los muros. Intentaban remediarlo con toda la rapidez posible. El hijo mayor de Montoria, herido en combate en el Molino, se había instalado con su mujer y su hijo en el sótano de una casa vecina, y doña Leocadia no daba tregua a manos ni a pies, yendo y viniendo entre las dos casas, acarreando las cosas que eran necesarias.

“No puedo dejar que los demás hagan nada —me dijo—; esa es mi naturaleza. Aunque tengo sirvientes, no me siento satisfecha a menos que lo haga todo yo misma. ¿Cómo se ha portado mi hijo Agustín?”

—Como lo que es, señora, un muchacho valiente —contesté—; y su talento para la guerra es tan grande que no me sorprendería verle convertido en general dentro de un par de años.

—¡Un general! —exclamó con sorpresa—. Mi hijo va a cantar misas tan pronto como termine el asedio. Bien sabe usted que lo hemos educado para eso. ¡Que Dios y la Virgen del Pilar lo traigan a salvo de la batalla para que el resto de sus días transcurran por los caminos establecidos! Los padres del Seminario me han asegurado que veré a mi hijo con la mitra en la cabeza y el báculo en la mano.

—Así será, señora, no lo dudo. Pero, viendo cómo maneja las armas, no puedo hacerme a la idea de que con esa misma mano con la que aprieta el gatillo reparta también benediciones.

—Es verdad, señor de Araceli; y siempre he dicho que el gatillo no le sienta bien a los eclesiásticos. Pero ya ve cómo están las cosas. Aquí tenemos a grandes guerreros: don Santiago Sas, don Manuel Lasartesa; el cura de San Pablo, don Antonio La Casa; el párroco de San Miguel, don José Martínez; y también a don Vicente Casanova, famoso por ser el primer teólogo de Zaragoza. En verdad todos luchan, también mi hijo,

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