Incorporados al batallón de Extremadura, avanzamos por la calle de Palomar hacia la plaza de la Magdalena, desde donde podíamos oír el fragor de la batalla al final de la calle de Puerta Quemada.
Como hemos dicho, el enemigo intentó tomar la calle de Pabostre para apoderarse de la Puerta Quemada, un punto importante desde el cual podían barrer con su artillería la calle del mismo nombre hacia la plaza de la Magdalena.
Como la posesión de San Agustín y Las Mónicas les permitía amenazar ese punto central por el fácil acceso de la calle de Palomar, ya se consideraban amos del arrabal.
En efecto, si los de San Agustín lograban avanzar hasta las ruinas del Seminario, y los de la calle de Pabostre hasta la Puerta Quemada, habría sido imposible disputar a los franceses el barrio de Las Tenerías.
Al poco rato nos llevaron a la calle del Pabostre, y como la batalla del exterior y del interior de los edificios y de la vía pública se hallaba ya toda combinada, entramos en la primera manzana por la calle de los Viejos. Desde las ventanas de la casa en que nos hallamos no podíamos ver más que humo, y apenas podíamos formarnos idea de lo que allí pasaba. Vi después que la calle estaba toda llena de troneras y trincheras a trechos hechas con montones de tierra, muebles y escombros. Por las ventanas se derramaba un fuego tremendo, y recordando una frase del mendigo Sursum Corda, puedo decir que nuestras almas se habían convertido en balas.