principalmente, su rápida disminución numérica a otras causas también».
El taller del Gobierno «era brillo, esmero, orden y actividad, y era imposible no admirar y alabar la industria que había creado y mantenido en constante funcionamiento este útil establecimiento».
Estas no son las palabras de un crítico que ha comenzado con una mente prejuiciosa o el deseo de armar un caso.
En los tramos inferiores del río, por encima de Stanley Pool, Casement no halló abusos flagrantes. Los nativos se mostraban desahuciados y apáticos, al estar excluidos del comercio y agobiados por fuertes impuestos en alimentos, pescado y otros productos. No fue hasta que empezó a adentrarse en las malditas zonas caucheras cuando empezaron a revelársele cosas terribles. Casement había viajado por el Congo en 1887 y se sorprendió al notar la timidez de los nativos. Pronto tuvo su explicación:
En uno de estos poblados, el S——, después de haberse restablecido la confianza y de haber persuadido a los fugitivos para que regresaran del bosque circundante, donde se habían ocultado, vi a mujeres que volvían cargando a sus bebés, sus utensilios domésticos y hasta la comida que habían apresurado a recoger, hasta altas horas de la noche.
Al encontrarme con algunas de estas mujeres que regresaban en uno de los campos, les pregunté por qué habían huido a mi llegada, y me dijeron, sonriendo: «Pensábamos que eras Bula Matadi» (es decir, «hombres del Gobierno»).
Un miedo de esta clase era antiguamente desconocido en el Alto Congo; y en lugares mucho más apartados visitados hace muchos años, la gente acudía en masa desde todas partes para saludar a un extranjero blanco. Pero hoy en día la aparición del vapor de un hombre blanco daba evidentemente la señal de una huida instantánea.