La visión de estos insignificantes lugartenientes y capitanes, que a menudo eran suboficiales del ejército belga, emitiendo proclamaciones que entraban en abierta contradicción con la voluntad expresa de todas las grandes potencias del mundo, pudo haber parecido ridícula en su momento; pero la historia de los siguientes diecisiete años iba a demostrar que una pequeña fuerza maligna, impulsada por la codicia, puede resultar más poderosa que una vaga filantropía general, fuerte únicamente en buenas intenciones y lugares comunes. Durante estos años —de 1890 a 1895—, por mucha indignación que pudiera sentirse entre los comerciantes por las restricciones que se les imponían, las únicas noticias que el público general recibía del Estado Independiente del Congo se referían a la fundación de nuevas estaciones, y prevalecía la idea de que la empresa del rey Leopoldo marchaba efectivamente por las vías humanitarias que se habían planeado en un principio. Entonces, por primera vez, ocurrieron incidentes que permitieron vislumbrar la violencia y la anarquía que realmente imperaban.
El primero de estos, por lo que a la Gran Bretaña se refiere, residía en el trato dado a los nativos de Sierra Leona, Lagos y otros asentamientos británicos que habían sido contratados por los belgas para venir al Estado del Congo y ayudar en la construcción de ferrocarriles y otros trabajos.
Viniendo del orden establecido de una colonia como la de Sierra Leona o Lagos, estos nativos se quejaron airadamente cuando se vieron trabajando codo con codo con congoleños reclutados a la fuerza, y bajo la disciplina de los centinelas armados de la Force Publique.
Estaban descontentos y el descontento fue respondido con castigos corporales. El asunto adquirió las proporciones de un escándalo.
En respuesta a una pregunta formulada en la Cámara de los Comunes el 12 de marzo de 1896, el Sr. Chamberlain, como Secretario de Estado para las Colonias, declaró que se habían recibido quejas de que dichos