Así trataban a los nativos cuando se quejaban al hombre blanco:
“Además, se exige a cincuenta mujeres que vayan cada mañana a la fábrica y trabajen allí todo el día. Se quejaron de que la remuneración dada por estos servicios era de todo punto inadecuada, y de que eran continuamente golpeadas. Cuando le pregunté al jefe W por qué no había ido a D F a quejarse si los centinelas lo golpeaban a él o a su gente, abriendo la boca señaló uno de los dientes que se le estaba cayendo, y dijo: «Eso es lo que obtuve del D F hace cuatro días cuando fui a decirle lo que ahora le digo a usted». Añadió que él era frecuentemente golpeado, junto con otros de los suyos, por el hombre blanco”.
Un centinela fue sorprendido casi con las manos en la masa por el señor Casement:
“Tras una pequeña demora apareció un muchacho de unos quince años, cuyo brazo izquierdo estaba envuelto en un trapo sucio. Al retirarlo, descubrí que la mano izquierda había sido amputada a la altura de la muñeca, y que se veía un impacto de bala en la parte carnosa del antebrazo. El muchacho, que dio su nombre como I I, en respuesta a mi pregunta, dijo que un centinela de la Compañía de La Lulanga, que ahora se encontraba en el pueblo, le había cortado la mano. Me dispuse a buscar a este hombre, el cual al principio no pudo ser hallado, mientras un número considerable de nativos se agrupaba a mis espaldas a medida que caminaba por el pueblo. Tras cierta demora apareció el centinela, portando una escopeta de chispa. El muchacho, a quien puse frente a él, lo acusó entonces en su propia cara de haberlo mutilado. Los hombres del pueblo, a quienes se interrogó sucesivamente, corroboraron la declaración del muchacho. El centinela, que dio su nombre como K K, no pudo dar respuesta alguna al cargo. Trató de esquivarlo diciendo vagamente que algún otro