muy difíciles. Su predecesor había sembrado estragos incalculables en el país, y el actual ocupante del puesto se esforzaba por desempeñar las tareas que se le habían asignado (tareas que consistían, como de costumbre, en recibir órdenes para sacar a la gente todo el caucho posible) con tanta humanidad como permitía la naturaleza de su cometido. En esto hizo, sin duda, todo lo posible como alguien a quien el sistema aún no había degradado hasta su nivel —uno de los pocos elegidos—; y no cabe extrañar que sean tan rara avis, dada la naturaleza de las cadenas y la indefensión en la que se encuentra un funcionario que no cumple por completo los deseos de sus superiores. Pero lo único que había conseguido como resultado era meterse en líos con el comandante del distrito. Le mostró al señor Scrivener una carta de este en la que lo reconvenía por no emplear medios más enérgicos, le decía que hablara menos y disparara más, y lo reprendía por no haber matado a más de un hombre en un distrito bajo su cuidado donde había habido algunos problemas.
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VI. Voces desde la oscuridad
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