“El Gobernador General destituye y nombra magistrados a su voluntad, suspende la ejecución de las penas; incluso devuelve, si es necesario, a caballeros de la toga a Europa.
¿Quién no se percata del grave inconveniente de esta dependencia? Eso no es todo. Ningún procedimiento puede intentarse contra un europeo sin la autorización del Gobernador General”.
Y, finalmente, sus razones para escribir su libro:
“La contemplación de una miseria inmensa nos ha llevado a publicar este libro. La gravedad del mal, sus causas profundas, se nos habían escapado durante mucho tiempo. Cuando las conocimos no pudimos contener en nuestro interior la compasión de la que estábamos imbuidos, y decidimos decírselo a los ciudadanos de un país generoso, apelando a su religión, a su patriotismo, a sus corazones”.
Seguramente, después de semejantes pruebas provenientes de tal fuente, debe haber algunos profundos remordimientos de conciencia entre aquellos miembros superiores de la jerarquía católica, incluidos tanto cardenales como obispos, que han hecho lo posible por paralizar los esfuerzos de los reformadores.
Desinformados por su propia falta de cuidado al buscar la verdad, se han presentado ante el mundo entero como los defensores de aquello que el historiador describirá como el mayor crimen de la historia.