portugués, aún no afligidos por tantas fatigas y alarmas, lejos de los caminos recorridos por los hombres blancos, esos intrusos funestos, y su séquito de hábitos extraños y
El panorama era igual de sombrío cuando deambulaba por el sendero pisado por las caravanas hacia la Charca y de vuelta.
“Nos cruzamos constantemente con estos porteadores, ya sea aislados o en fila india; negros, negros, negros miserables, con taparrabos horriblemente sucios como únicas prendas; sus cabezas desnudas y encrespadas sosteniendo sus cargas —cofre, fardo, colmillo de marfil, cesto de caucho o barril—; en su mayoría agotados, sucumbiendo bajo las cargas hechas más pesadas por su cansancio y la insuficiencia de alimento, que consiste en un puñado de arroz y pescado seco apestoso; cariátides ambulantes patéticas; bestias de carga con las extremidades lánguidas de monos, facciones demacradas, ojos fijos y redondos por el esfuerzo de mantener el equilibrio y la modorra del agotamiento. Así van y vienen por millares, organizados en un sistema de transporte humano, requisados por el Estado armado con su irresistible force publique, proporcionados por los jefes de quienes son esclavos y que se abalanzan sobre sus salarios; trotando, con las rodillas dobladas y el vientre prominente, un brazo levantado y el otro apoyado en un bastón largo, polvorientos y malolientes; cubiertos de insectos mientras su enorme procesión pasa sobre montañas y a través de valles; muriendo en la marcha, o, cuando la marcha ha terminado, yéndose a sus aldeas para morir de agotamiento.”