Que las potencias de Europa se apresuren a regular la situación, o algún día podrían encontrarse ante un fait accompli. Más vale una partición ordenada llevada a cabo desde París o Berlín, que la intrusión de algún Piet Joubert, con sus seguidores morenos, que no verá ningún favor en tomar aquello que cree que es su derecho.
Pero cualquiera que sea la solución que se adopte, la conciencia de Europa no debería conformarse meramente con salvaguardar el futuro.
Ciertamente, debería haber algún castigo para aquellos que, mediante su injusticia y su violencia, han arrastrado por el fango a la cristiandad y a la civilización.
Ciertamente también, debería haber una indemnización obligatoria, extraída de las abultadas arcas de los concesionarios del trescientos por ciento, para las viudas y los huérfanos, los mutilados y los incapacitados.
La justicia no puede conformarse con menos. Una Comisión Internacional, con poderes punitivos, podrá ser excepcional, pero todas las circunstancias son excepcionales, y Europa debe estar a la altura de ellas.
El temor es, sin embargo, que sean los desdichados agentes sobre el terreno, los pobres y acosados cazadores de primas, quienes sean ofrecidos como víctimas, mientras los verdaderos criminales escapan.
La maldición de la sangre y el desprecio de todo hombre honrado ya pesan sobre ellos. ¡Ojalá estuvieran también al alcance de la justicia humana!
Se han hecho culpables del saqueo de un país, la expoliación de una nación, el mayor crimen de toda la historia, tanto más grave por haber sido perpetrado bajo una odiosa máscara de filantropía.
¡Ciertamente de algún modo, en alguna parte, recibirán su merecido!