Siguió una larga y accidentada campaña, librada durante muchos años entre los traficantes de esclavos árabes, por un lado, y las fuerzas del Congo, por el otro; estas últimas compuestas en gran parte por tribus de caníbales —hombres de la Edad de Piedra, armados con las armas del siglo XIX.
La abolición del tráfico de esclavos es una buena causa, pero los medios por los cuales se llevó a cabo, y el uso de bárbaros que se comían por la noche a quienes habían matado durante el día, son tan malos como el mal mismo.
Aun así, es innegable la energía y capacidad de los líderes del Congo, especialmente del barón Dhanis.
Hacia el año 1894, las expediciones belgas habían avanzado hasta el lago Tanganica, los bastiones árabes habían caído y Dhanis pudo informar a Bruselas de que la campaña había concluido y de que las incursiones esclavistas habían llegado a su fin.
El nuevo Estado podía jactarse de haber salvado de la esclavitud a una parte de los nativos.
Cómo procedieron a imponer a todos ellos un yugo, en comparación con el cual la antigua esclavitud era clemente, se mostrará en estas páginas.
Desde la época de la caída del poder árabe, el Estado Libre del Congo solo fue llamado a usar la fuerza militar en el caso de amotinamientos de sus propias tropas negras y de ocasionales levantamientos de sus atormentados «ciudadanos». Dueño de su propia casa, pudo instalarse para explotar el país que había conquistado.
Mientras tanto, la política interior del Estado mostró una tendencia a tomar un rumbo inusual y siniestro. Ya he expresado mi opinión de que el rey Leopoldo no era culpable de una hipocresía consciente al principio,