cruzan el río hacia territorio francés.
A veces, los nativos se ven obligados a pagar una gran indemnización. Los jefes a menudo tienen que pagar con alambre de latón y esclavos, y si los esclavos no alcanzan a cubrir la cantidad, sus esposas son vendidas para pagar. Eso me lo contó un oficial belga.
—Le voy a dar —continúa el señor Sjoblom— un ejemplo de un hombre al que vi recibir un disparo ante mis propios ojos. En uno de mis viajes hacia el interior, cuando había ido un poco más lejos, tal vez, de lo que el comisario esperaba que fuera, vi algo que tal vez a él no le habría gustado que viese. Fue en un pueblo llamado Ibera, uno de los pueblos canívales a los que ningún hombre blanco había llegado antes. Llegué al atardecer, después de que los nativos hubieran regresado de los diversos lugares en los que habían estado buscando caucho. Se congregaron en una gran multitud, curiosos por ver a un hombre blanco. Además, habían oído que yo tenía algunas buenas noticias que darles, las cuales llegaban a través del Evangelio.