sus misiones en el corazón de África, las segundas encantadas con el ofrecimiento de un mercado abierto para sus productos. En el Congreso de Berlín, que fue convocado para regular la situación, las naciones compitieron entre sí para impulsar los planes del Rey de los Belgas y ensalzar sus elevados propósitos. El Estado Libre del Congo fue creado en medio de regocijos generales. El veterano Bismarck, tan crédulo como los demás, pronunció su bendición bautismal: > «El nuevo Estado del Congo está llamado», dijo, «a convertirse en uno de los principales promotores de la obra» (de la civilización) «que tenemos a la vista, y ruego por su próspero desarrollo y por el cumplimiento de las nobles aspiraciones de su ilustre fundador». Tal fue el nacimiento del Estado Libre del Congo. Si las naciones allí reunidas hubieran sido capaces de percibir su futuro, la traición a la religión y a la civilización de la que sería culpable, la inmensa serie de crímenes que perpetraría en toda el África Central, el menoscabo del prestigio de todas las razas blancas, seguramente habrían estrangulado al monstruo en su
No es necesario consignar en esta declaración la totalidad de las disposiciones del Congreso de Berlín. Dos tan solo serán suficientes, ya que son al mismo tiempo las más importantes y las más flagrantemente conculcadas. La primera de ellas (que constituye el artículo quinto del acuerdo) proclama que «A ninguna Potencia que ejerza derechos soberanos en dichas regiones le estará permitido conceder en ellas monopolio ni privilegio de clase alguna en materia comercial». No podría haber palabras más claras, pero los representantes belgas, conscientes de que semejante cláusula tenía que desarmar toda oposición, hicieron todo lo posible por recalcarla. «No se puede crear ninguna situación privilegiada a este respecto», dijeron. «El camino