P. «¿Quiere decirme que algún hombre blanco ordenó que mutilaran sus cuerpos de esa manera, y que esas partes de ustedes le fueran llevadas?»
“P P, O O y todos (gritando):
‘¡Sí! muchos hombres blancos. D E lo hizo.’
“P. ¿Dice usted que esto es verdad? ¿A muchos de ustedes los trataron así después de recibir disparos?”.
“Todos (gritando):
‘¡Nkoto! ¡Nkoto!’ (¡Muchísimos! ¡Muchísimos!)
“No cabía duda de que aquella gente no estaba inventando. Su vehemencia, sus ojos brillantes, su entusiasmo, no eran simulados.
Sin duda exageraban las cifras, pero contaban claramente lo que sabían y aborrecían. Me dijeron que a menudo se ponían tan furiosos al recordar lo que les habían hecho que perdían el control sobre sí mismos. Uno de los hombres ante mí estaba entrando en ese estado ahora”.
Tal es la historia —o una parte muy pequeña de ella— que el cónsul de Su Majestad transmitió al Gobierno de Su Majestad acerca de la situación de aquellos nativos a quienes, «en nombre de Dios Todopoderoso», ¡nos habíamos comprometido a defender!
El mismo lapidario Libro Blanco contenía un breve relato de la experiencia de Lord Cromer en el Alto Nilo, en el distrito de Lado. Señala que, a lo largo de ochenta millas, la orilla del río que es territorio británico estaba repleta de aldeas nativas, cuyos habitantes corrían por la orilla llamando al vapor. La otra orilla (territorio congoleño) era un desierto abandonado. Al argumento del «tú quoque» que los esbirros del rey Leopoldo son tan aficionados a esgrimir le costará conciliar tal diferencia. Lord Cromer termina su informe: