Pero el 14 de diciembre, un centinela pasó por nuestra estación misionera y una mujer lo acompañaba, llevando una cesta de manos. El señor y la señora Banks, además de mí, bajamos por el camino, y le dijeron al centinela que pusiera las manos en el camino para poder contarlas. Contamos dieciocho manos derechas ahumadas y por el tamaño de las manos pudimos deducir que pertenecían a hombres, mujeres y niños. No podíamos entender por qué se habían recogido esas manos, ya que el comisario había dado órdenes de que no se matara a más nativos por sus manos.
En mi último viaje descubrí el secreto. Un lunes por la noche, un centinela que acababa de regresar del Comisariado me dijo:
«¿Qué han de hacer los centinelas? Cuando toda la gente está reunida, el comisario nos dice abiertamente que no matemos a más gente, pero cuando la gente se ha ido nos dice en privado que, si no traen bastante caucho, debemos matar a algunos, pero sin llevarle las manos».
Algunos centinelas, me contó, habían sido puestos en cadenas por haber matado a unos nativos que se encontraba cerca de una misión; pero fue solo porque pensó que podría llegar a saberse que el comisario, para justificarse, había encadenado a los hombres.
Le dije al centinela: «Deberías obedecer la primera orden, la de no matar nunca más». «La gente —respondió—, a menos que esté asustada, no trae el caucho, y entonces el comisario nos azota con la piel de hipopótamo, o si no nos encadena, o nos manda a Boma». El centinela añadió que el comisario lo inducía a ocultar la crueldad al tiempo que la dejaba continuar, y a hacerlo de tal manera que pudiera justificarse, en caso de que llegara a saberse y se hiciera una investigación. En tal caso, el comisario podría decir: «Pues si le ordené abiertamente que no matara más» y podría echar la culpa al soldado para justificarse, aunque la culpa