Este documento, distribuido oficialmente por todo el mundo, debió de haber abierto los ojos a las naciones, si es que alguna aún los tenía cerrados, sobre el verdadero objetivo y desarrollo de la empresa del rey Leopoldo. Se esperaba que esta medida por parte de Gran Bretaña fuera el primer paso hacia la intervención y, de hecho, Lord Lansdowne dejó claro sin ambages que nuestra mano estaba tendida y que, si cualquier otra nación decidía tomarla, procederíamos juntos a la tarea de la reforma obligatoria. No le hace honor a las naciones civilizadas que ninguna estuviera dispuesta a responder al llamamiento. Si, finalmente, nos vemos obligados a actuar solos, no podrán decir que no pedimos y deseamos su cooperación.
A partir de esta fecha las amonestaciones por parte del Gobierno británico fueron frecuentes, aunque representaban inadecuadamente la ira y la impaciencia de aquellos súbditos británicos que conocían el verdadero estado de las cosas.
El Gobierno británico se abstuvo de llegar a extremos porque se entendía que en breve se produciría una anexión belga, y se esperaba que esto marcara el comienzo de tiempos mejores sin necesidad de nuestra intervención.
La demora sucedió a la demora, y no se hizo nada.
Un Gobierno liberal se mostraba tan interesado en el asunto como su predecesor unionista, pero aun así la etiqueta diplomática les retrasaba a la hora de llegar a una conclusión definitiva.
Nota tras nota se sucedían, mientras una gran población se hundía en la esclavitud y la desesperación.
En agosto de 1906, sir Edward Grey declaró que «no podíamos esperar eternamente», y sin embargo vemos que sigue esperando todavía.