La bandera estadounidense no ofrece ningún refugio para los perseguidos.
“Por las mismas fechas, este mismo individuo tuvo el descaro de llevar a unos siete indígenas armados a la estación de la misión americana, durante la ausencia de los misioneros, y exigir al indígena que había quedado a cargo que le entregara a un indígena, que no estaba a su servicio, el cual había huido a raíz de una disputa y quien, según afirmaba, se ocultaba en la misión.
El mayoral, un hombre de Sierra Leona, declaró muy acertadamente su imposibilidad de hacerlo y dijo que debía aguardar el regreso de los misioneros. Se armó una discusión, y el agente le propinó dos bofetadas en la cara.
Como el hombre era súbdito británico, le dije que si decidía querellarse yo lo respaldaría, o bien insistiría en que el agente le pagara una indemnización en tela. Dado que una querella le habría obligado a ir a Lusambo, un viaje de quince días, con muchas probabilidades de ser retenido allí de cuatro a seis meses junto con todos los testigos mientras aguardaba la vista de su causa, optó por el segundo método. La tela fue pagada.”
Continúa:
“Todos estos casos pueden ser corroborados y son típicos de cierta clase de agente que resulta desgraciadamente, aunque no de forma general, demasiado común. También se me presentaron numerosas quejas en diferentes aldeas contra un agente, no solo por golpear y encarcelar a los nativos por escasez de caucho, sino también por obligarlos a suministrarle alcohol destilado de vino de palma, y por tener la costumbre de tomar a cualquiera de las mujeres de la aldea que le llamara la atención en el mercado semanal celebrado en su puesto o cerca de este.