signatarias del Acta General de Berlín, en virtud de la cual existe el Estado Independiente del Congo, a fin de que puedan adoptarse medidas para mitigar los males imperantes en dicho Estado».
En julio del mismo año tuvo lugar el famoso debate de tres días en la Cámara belga, que fue inaugurado en realidad por la resolución británica.
En este debate, los dos valientes reformistas, Vandervelde y Lorand, aunque aplastados por la fuerza de votación de sus oponentes, se llevaron todos los honores de la guerra. El señor de Favereau, ministro de Asuntos Exteriores, explicó alternativamente que no había conexión alguna entre Bélgica y el Estado del Congo, y que constituía una falta de patriotismo belga atacar a este último.
La política del Estado del Congo fue respaldada y defendida por el Gobierno belga de una manera que debe vincularlo para siempre con todos los crímenes que he relatado. Ningún miembro de la administración del Congo habría podido expresar el espíritu íntimo de la administración del Congo con tanta concisión como el señor de Smet de Naeyer cuando dijo, hablando de los nativos:
«No tienen derecho a nada. Lo que se les da es una pura gracia».
¡Hubo jamás en el mundo una declaración semejante por parte de un estadista responsable! En 1885 se funda un Estado para la «mejora moral y material de las razas nativas». En 1903 el nativo «no tiene derecho a nada». Ambas frases marcan el principio y el fin del viaje del rey Leopoldo.
En 1904, el Gobierno británico demostró su constante inquietud y repulsión ante el estado de cosas en el Congo mediante la publicación del verdaderamente espantoso informe del cónsul Casement.