crucé con un grupo que regresaba con su caucho y que había pasado seis noches en el bosque. Este fue el número menor. La mayoría de ellos tiene que pasar diez, algunos hasta quince, noches en el bosque. Dos días después de dejar el Dominio en mi viaje de regreso vi a algunos hombres que volvían con las manos vacías. Llevaban más de ocho días buscando y no habían encontrado nada. Qué harían los pobres infelices no me lo puedo imaginar. Si no entregaban la cantidad habitual de caucho en el día señalado, eran puestos en el «bloc» (encarcelados).
Los trabajadores del chef de poste de Mbongo describieron un brebaje que a veces se administra a los capitas cuando su cuota de caucho es insuficiente. El hombre blanco corta hojas de tabaco verde y las pone en remojo en agua. Se añaden pimientos rojos y se administra una dosis de este líquido a los capitas remisos. Este astuto funcionario se ingenia para cobrar trece «impuestos» mensuales al año. En un pueblo compré un artilugio con el que los nativos calculan cuándo vence el impuesto. Unos trozos de madera están ensartados en un trozo de caña. Cada día se desplaza un trozo hacia arriba. Al contarlos vi que solo había veintiocho. Pregunté por qué y me respondieron que al principio había treinta trozos, pero el hombre blanco había enviado a cobrar tan a menudo el vigésimo octavo día diciendo que el plazo había vencido, que al final quitaron dos.
“Los actos individuales de atrocidad aquí han cesado en su mayor parte. Los agentes del Estado parecen haber llegado a la conclusión de que es un desperdicio de cartuchos matar a tiros a esta gente. Pero todo el sistema es una vasta atrocidad que sumerge al pueblo en un estado de miseria inimaginable. Un hombre me dijo: «Los esclavos son felices en comparación con nosotros. Los esclavos están protegidos por sus amos, son alimentados y vestidos. En cuanto a nosotros, los capitas hacen con nosotros lo que quieren. Nuestras mujeres tienen que plantar los huertos de yuca y pescar en el arroyo para alimentarnos mientras pasamos los días trabajando para Bula Matadi. No, ni siquiera somos esclavos». Y tiene razón.