En 1908 llegó por fin la tan ansiada anexión, y el Estado del Congo cambió la bandera azul con la estrella dorada por la tricolor de Bélgica. Se prometieron reformas inmediatas y radicales, pero el asunto terminó como lo habían hecho todas las promesas anteriores.
En 1909 M. Renkin, el ministro colonial belga, viajó para inspeccionar el Estado del Congo y tuvo la franqueza, antes de partir, de decir que allí no se cambiaría nada. Esta garantía la repitió en Boma, con un floreo sobre el «genial monarca» que presidía sus destinos.
Para cuando este folleto esté impreso, el señor Renkin habrá regresado, sin duda con el discurso habitual sobre reformas menores, que tardarán otro año en producirse y que serán totalmente fútiles al llevarse a la práctica. Pero el mundo ha visto este juego demasiadas veces. Seguramente no se dejará tomar el pelo otra vez. Hay un límite para la paciencia europea.
Mientras tanto, en este mismo mes de agosto de 1909, un año entero después de la anexión por parte de Bélgica (una anexión que, cabe mencionar, no será reconocida oficialmente por la Gran Bretaña hasta que esté satisfecha en el asunto de las reformas), el príncipe Alberto, heredero al trono, ha regresado del Congo. Él dice:
“El Congo es un país maravilloso, que ofrece recursos ilimitados a los hombres de empresa. En mi opinión, nuestra colonia será un factor importante en el bienestar de nuestro país, cualesquiera que sean los sacrificios que tengamos que hacer para su desarrollo. Lo que debemos hacer es trabajar por la regeneración moral de los nativos, mejorar su situación material, suprimir el flagelo de la enfermedad del sueño y construir nuevos ferrocarriles”.
«¡Regeneración moral de los indígenas!» Regeneración moral de su propia familia y de su propio país: eso es lo que la situación exige.