peligrosa, fue llamado a Londres, juzgado y apenas salvó la vida. Es mediante una tensión como esta que los europeos en los Trópicos, sea cual fuere su nación, deben mantenerse firmes para conservar su moral civilizada.
La naturaleza humana es débil, la influencia del entorno es fuerte. Alemanes o ingleses cederían y, en casos aislados, han cedido a lo que les rodea. Ninguna nación puede reclamar una gran superioridad individual en un asunto así.
Pero tanto Alemania como Inglaterra (añadiría a Francia, de no ser por el Congo francés) pueden afirmar que su sistema obra tan enérgicamente contra los ultrajes como el belga a favor de ellos.
Estas cosas no son, como parecían pensar los Comisionados, males necesarios que se toleren en otras partes. ¿Cómo puede pesar un ápice su cruda opinión sobre un punto tal cuando se ve contrarrestada por las palabras de reformadores como sir Harry Johnston o lord Cromer?