de su puesto combatiendo y haciendo prisioneros; y él mismo había visto a varios hombres con racimos de manos que atestiguaban su destreza individual. ¡Estas, supongo, deben presentarlas para demostrar su éxito! Entre las manos había de hombres y mujeres, y también de niños pequeños. Los misioneros están tan a merced del Estado que no informan de estos hechos bárbaros a la gente de su país. Anteriormente había oído hablar de manos, entre ellas de niños, que eran llevadas a los puestos, pero no estaba tan convencido de la verdad de la información anterior como de los informes recibidos ahora mismo por el señor Harvey de parte de Clarke. Mucho de este tipo de cosas está sucediendo en el puesto de Equateur. Los métodos empleados no son necesarios. Años atrás, cuando yo estaba de servicio en Equateur sin soldados, nunca tuve ninguna dificultad para conseguir los hombres que necesitaba, ni tampoco la tuvo ningún otro puesto en los viejos y humanos días. Los puestos y los barcos entonces no tenían dificultad para encontrar hombres o mano de obra, ni la tendrán los belgas si introducen métodos más razonables».
Una frase digna de mención es que «Los misioneros están tan a merced del Estado que no informan de estos sucesos bárbaros a la gente de su país».
Lejos de ser la cuestión que, como han sostenido los apologistas del rey Leopoldo, ha sido fomentada por los misioneros, en realidad ha sido retenida por ellos, y solo el valor y la veracidad de un puñado de ingleses y estadounidenses la han sacado finalmente a la luz.
Hasta aquí el testimonio del señor Glave. Era un viajero inglés. El señor Murphy, un misionero estadounidense, trabajaba en otra parte del país, la región donde el Ubangui se une al Congo, durante esos mismos años. Veamos hasta qué punto su relato, escrito de forma totalmente independiente (Times, 18 de noviembre de 1895), coincide con el otro: