Sintiendo que algo debía hacerse ante las conclusiones de sus propios delegados, nombró una nueva Comisión, cuyo mandato consistía en «estudiar las conclusiones de la Comisión de Investigación, formular las propuestas que estas exigen y buscar los medios prácticos para hacerlas realidad».
Vale la pena enumerar los nombres de los hombres elegidos para esta labor. Si un Areópago europeo hubiera citado ante sí a los principales criminales de este terrible asunto, todos estos hombres, a excepción de dos o tres, habrían estado en el banquillo de los acusados.
Tomemos sus nombres uno por uno:
- Van Maldeghem, el Presidente —un jurista que había escrito sobre el derecho del Congo, pero sin complicidad directa en los crímenes;
- Janssens, el Presidente de la Comisión anterior, un hombre íntegro;
- M. Davignon, un político belga —hasta aquí la selección es posible—, ¡ahora escuchen a los demás!
- De Cuvelier, criatura del Rey y responsable de los horrores del Congo;
- Droogmans, criatura del Rey, administrador de los fondos secretos derivados de sus haciendas africanas y él mismo Presidente de un trust del caucho;
- Arnold, criatura del Rey;
- Liebrechts, lo mismo;
- Gohr, lo mismo;
- Chenot, un comisario del Congo;
- Tombeur, lo mismo;
- Fivé, un inspector del Congo;
- Nys, el principal defensor legal del sistema del Rey;
- De Hemptinne, Presidente del trust del caucho del Kasai;
- Mobs, un administrador de la A.B.I.R.