—Ah —dijo él—, mi gente está toda muerta. Estos que ves son solo unos muy pocos de los que una vez tuve. Y, en efecto, era bastante evidente que su pueblo había sido alguna vez un lugar de gran tamaño e
No cabe la menor duda de que esta despoblación se debe directamente al Estado. Allá adonde fui escuché historias de las incursiones realizadas por los soldados del Estado. El número de personas a las que fusilaron, o torturaron hasta la muerte de otro modo, debió de ser enorme.
Quizá murieron de hambre y a la intemperie otros tantos de los que escaparon al fusil. Más de uno de mis porteadores pudo contar cómo sus aldeas habían sido atacadas y de sus propias huídas por poco.
No son un pueblo belicoso, y no pude enterarme de un solo intento de resistencia. Son el tipo de gente con el que los soldados del Estado tienen más éxito. Preferirían huir cualquier día antes que luchar. Y, de hecho, no tienen con qué luchar, salvo unos cuantos arcos y flechas.
He estado intentando calcular el número probable de personas con las que me crucé. Diría que cinco mil es, a lo sumo, una exageración. Hace unos años, la población del distrito por el que pasé debía de ser cuatro veces ese número.
En mi marcha de regreso, deseaba visitar Mbelo, el lugar donde el teniente Massard había estado apostado y en el cual cometió sus indecibles atrocidades. Sin embargo, al hacer averiguaciones, me dijeron que ya no había gente allí y que todos los caminos estaban «muertos». Al llegar a uno de los caminos que conducían allí, era bastante evidente que no se había utilizado en mucho tiempo. Más tarde, pude confirmar la afirmación de que lo que una vez fue un distrito con numerosas y grandes poblaciones, ahora estaba completamente vacío...