De haber habido más Hambursins, habría habido menos escándalos.
Glave pasa a comentar el trato a los prisioneros:
“En las estaciones a cargo de hombres blancos, oficiales del Gobierno, se ven hileras de ancianas pobres y demacradas, algunas de ellas simples esqueletos, trabajando desde las seis de la mañana hasta mediodía, y desde las dos y media hasta las seis, acarreando cántaros de arcilla para el agua, caminando en grupos con una cuerda al cuello y unidas por una cuerda a metro y medio de distancia.
Son prisioneras de guerra. En la guerra siempre se captura a las ancianas, pero se les debería mostrar un poco de humanidad. Van desnudas, salvo por un mísero retazo de tela compuesto por varias piezas, sujeto por una cuerda alrededor de la cintura. No se las libera de la cuerda por ningún motivo.
Viven en la caseta de guardia bajo la custodia de centinelas nativos de raza negra, que se deleitan abofeteándolas y maltratándolas, pues la compasión no mora en el corazón del nativo. Algunas de las mujeres tienen bebés, pero van a trabajar exactamente igual. Constituyen, en verdad, un espectáculo deplorable, y uno se pregunta por qué a las ancianas, a pesar de ser prisioneras de guerra, no se les concede un poco más de consideración; al menos, su desnudez podría ser ocultada. A los hombres prisioneros se les trata de una manera mucho mejor”.
Describing the natives he says:
“Los nativos no son unos holgazanes buenos para nada. Sus excelentes facultades se obtienen mediante el trabajo duro, la sobriedad y una vida frugal.”
Ofrece una muestra de cómo es el chicotte, el instrumento de tortura favorito y universal utilizado por los agentes y oficiales del Estado Libre: