y lanzas. Un jefe acaba de dejarme con la queja: "Mi pueblo está en ruinas, mis mujeres están muertas". ¿Pero qué puedo hacer? A menudo me veo obligado a encadenar a estos desdichados jefes hasta que reúnen uno o doscientos porteadores. Muy a menudo mis soldados encuentran los pueblos vacíos, entonces se apoderan de las mujeres y los
A su madre le escribe:
“El com. Verstraeten visitó mi puesto y me felicitó efusivamente. Dijo que el tono de su informe dependía de la cantidad de caucho que lograra reunir. Mi cantidad aumentó de 360 kilos en septiembre a 1.500 en octubre, y a partir de enero será de 4.000 al mes, lo que me proporciona 500 francos extra sobre mi sueldo. ¿Acaso no soy un tipo con suerte? Y si sigo así, en dos años habré conseguido otros 12.000 francos adicionales”.
Pero un año más tarde escribe en un tono diferente al mayor Leussens:
“Anhelo un alzamiento general. Ya se lo advertí antes, creo, en mi última carta. La causa es siempre la misma. Los nativos están cansados del régimen existente hasta ahora: trabajos de transporte, recogida de caucho, preparación de reservas de alimentos para negros y blancos.
De nuevo durante tres meses he tenido que luchar con solo diez días de descanso. Tengo 152 prisioneros. Desde hace ya dos años vengo librando una guerra en esta vecindad. Pero no puedo decir que haya sometido al pueblo. Prefieren morir. ¿Qué puedo hacer? A mí me pagan por hacer mi trabajo, soy una herramienta en manos de mis superiores y sigo órdenes como exige la disciplina”.
Consideremos ahora por un instante la cadena de acontecimientos que hacen que semejante situación no solo sea posible, sino inevitable.