Al mostrar la continuidad del horror del Congo y la medida de su duración (una medida que constituye la vergüenza de las grandes Potencias que lo consintieron con su silencio), he agrupado a los testigos en orden sucesivo.
Los señores Glave, Murphy y Sjoblom han abarcado el período de 1894 a 1897; el señor Clark lo ha prolongado hasta 1900; hemos conocido los actos de 1901-1904 tal como se revelaron en los tribunales de Boma.
Expondré ahora la experiencia del reverendo Scrivener, un misionero inglés que en julio, agosto y septiembre de 1903 recorrió una sección del Dominio de la Corona, esa misma región asignada especialmente al rey Leopoldo en persona, en la cual el señor Clark había pasado tantos años de pesadilla.
Veremos hasta qué punto el testimonio independiente del inglés y del estadounidense, extraído el uno de un diario y el otro de una sucesión de cartas, se corroboran mutuamente:
“At six in the morning woke up to find it still raining. It kept on till nine, and we managed to get off by eleven. All the cassava bread was finished the day previous, so a little rice was cooked, but it was a hungry crowd that left the little village.
I tried to find out something about them. They said they were runaways from a district a little distance away, where rubber was being collected. They told us some horrible tales of murder and starvation, and when we heard all we wondered that men so maltreated should be able to live without retaliation. The boys and girls were naked, and I gave them each a strip of calico, much to their wonderment....