Finalmente, el señor Murphy dice:
«La cuestión del caucho es la causa de la mayoría de los horrores perpetrados en el Congo. Ha reducido al pueblo a un estado de absoluta desesperación. Cada poblado del distrito se ve obligado a llevar una cierta cantidad a la sede del comisario todos los domingos. Se recauda por la fuerza; los soldados persiguen a la gente hacia la selva; si no quieren ir, les disparan, y les cortan la mano izquierda para llevarla como trofeo al comisario. A los soldados no les importa a quién matan a tiros, y la mayoría de las veces disparan a mujeres pobres e indefensas y a niños inofensivos. Estas manos —las manos de hombres, mujeres y niños— se colocan en hileras ante el comisario, quien las cuenta para comprobar que los soldados no han desperdiciado los cartuchos. Al comisario se le paga una comisión de aproximadamente un penique por libra sobre todo el caucho que consigue; le interesa, por tanto, conseguir tanto como pueda».
He aquí la corroboración y ampliación de todo lo que el señor Glaves había expuesto. El sistema no llevaba mucho tiempo establecido, y fue más eficaz diez o doce años más tarde, pero ya estaba dando algunos frutos tempranos y notables de la civilización.
No puede decirse que el dominio del rey Leopoldo haya dejado el país inalterado. Hay sobradas pruebas de que las mutilaciones de este tipo eran desconocidas entre los nativos salvajes. El conocimiento se iba extendiendo bajo la dominación europea.