MÁS FRUTOS DEL SISTEMA
Por un momento debo interrumpir la narración de la larga y lúgubre sucesión de atrocidades para explicar ciertos factores nuevos en la situación.
Ya ha quedado demostrado que el Estado del Congo, incapaz de gestionar la totalidad de su vasto dominio, había subarrendado grandes extensiones de este a compañías monopolísticas, en absoluta contradicción con el Artículo V del Tratado de Berlín. Hasta el año 1897, estas compañías estaban registradas en Bélgica y pretendían tener un carácter internacional. El Estado no tenía un control abierto ni directo sobre ellas. Esto cambió ahora. El Estado estrechó los lazos que lo unían a estas empresas comerciales. La mayoría de ellas fueron disueltas y luego reconstruidas bajo la legislación del Congo. En la mayoría de los casos, a cambio del monopolio, se le otorgó el control al Estado, a veces hasta el punto de nombrar a todos los gerentes y agentes. La mitad de las acciones de la compañía o la mitad de los beneficios solían entregarse al Estado. Por lo tanto, en el futuro hay que tener en cuenta que, ya sea que se hable de la compañía Abir, de la del Kasai, de la del Katanga, de la Anversoise o de cualquier otra, en realidad es con el Estado —es decir, con el rey Leopoldo— con quien uno se las ve. Él era el dueño de las compañías, pero les pagaba una comisión del cincuenta por ciento por hacer todo el trabajo. Como los beneficios eran los que cabría esperar cuando no se pagaba nada ni por los productos ni por la mano de obra (oscilando entre