“Sus condiciones de vida son deplorables, y la suciedad y la miseria de sus aldeas son más que evidentes. La gente vive en un estado de incertidumbre ante la llegada de agentes de policía y soldados, quienes indefectiblemente los expulsan de sus moradas y destruyen sus chozas, y por esta razón les es imposible mejorar sus condiciones de vida mediante la construcción de viviendas adecuadas.”
“No hay que esperar ningún cambio de sistema.
“No se puede esperar ningún cambio en el sistema actual hasta que se adopte un método de tributación más razonable. El sistema presente permite a los agentes del caucho extraer la mayor cantidad posible de caucho del nativo al salario más bajo posible, y permite el empleo de centinelas armados para hacer cumplir este deplorable sistema”.
En estos despachos, el vicecónsul Armstrong da pruebas de un complot contra el aguerrido señor Stannard por parte de la infame compañía A.B.I.R. Su idea, sin duda, era minar su salud y amargarle la existencia mediante sucesivos pleitos. En mayo de 1906, los nativos de un pueblo llamado Lokongi se levantaron contra sus sanguinarios centinelas e incendiaron sus casas. De inmediato se presentó una acusación contra el señor Stannard por haberlos instigado a esta acción tan natural y loable. Habían sobornado o aterrorizado a los nativos para que declararan en su contra, y las cosas podrían habérsele puesto muy difíciles de no ser por la rápida actuación del cónsul. Este partió hacia el pueblo, acompañado por el señor Stannard y el director de la A.B.I.R. Se reunió a los nativos y se les pidió que dijeran la verdad. Dijeron, sin vacilar, que el señor Stannard no había tenido nada que ver con el asunto, pero que los representantes de la compañía los habían amenazado con torturarlos a menos que afirmaran que sí. El director de la A.B.I.R. guardó silencio ante estas revelaciones y no tuvo explicación que ofrecer.