música es una de las cosas más agradables, ya sea sola o acompañada de la voz, como dice Musseo: «La música es la más dulce alegría del hombre»; razón por la cual se la admite con justicia en toda compañía y en toda vida feliz, por tener el poder de inspirar alegría. De modo que a partir de esto cualquiera puede suponer que es necesario instruir en ella a los jóvenes, ya que todos los placeres que son inofensivos no solo conducen al fin último de la vida, sino que sirven también como relajaciones; y, como los hombres rara vez alcanzan ese fin último, a menudo interrumpen su trabajo y recurren al entretenimiento sin más mira que adquirir el placer que lo acompaña. Es útil, por tanto, disfrutar de placeres como estos. Hay algunas personas que hacen del juego y del entretenimiento su fin, y probablemente ese fin lleva anexo algún placer, pero no el que debiera; sin embargo, mientras los hombres buscan lo uno, aceptan lo otro por mor de ello, debido a que hay cierta semejanza en las acciones humanas con respecto al fin; pues el fin se persigue por el bien de ninguna otra cosa que lo acompañe, sino solo por sí mismo; y placeres como estos se buscan no en atención a lo que los sigue, sino a lo que los ha precedido, como el trabajo y la pena; razón por la cual buscan la felicidad en esta clase de placeres; y que esta sea la razón cualquiera puede percibirlo fácilmente. Que la música debe cultivarse no solo por este motivo, sino también por ser de gran utilidad durante las horas de descanso tras el trabajo, probablemente [1340a] nadie lo duda; deberíamos inquirir asimismo si, además de este uso, puede tener otro de naturaleza más noble —y no solo debemos participar del placer común que de ella brota (del que todos tienen sensación, pues la música produce placer de forma natural, por lo que su uso es grato a todas las edades y a todas las disposiciones)—, sino también examinar si tiende en algo a mejorar nuestras costumbres y nuestras almas. Y esto se conocerá fácilmente si sentimos que nuestras disposiciones se ven influidas de algún modo por ella; y que así es resulta
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CAPÍTULO V
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