general, y quienes están familiarizados con estudios de esta índole aportan muchas pruebas de ello; como, por ejemplo, cuando Filóxeno intentó componer música ditirámbica para la armonía dórica, recayó naturalmente de nuevo en la frigia, por ser la más apta para ese propósito; así como todos están de acuerdo en que la música dórica es la más seria y la más apta para inspirar valor. Y, puesto que siempre alabamos el término medio por hallarse entre los dos extremos, y la dórica guarda esta relación respecto a las demás armonías, es evidente que en ella es en la que se debe instruir a la juventud. Hay que tener en cuenta dos cosas: lo que es posible y lo que es apropiado; por lo tanto, cada uno debe esforzarse principalmente por alcanzar aquellas cosas que contienen ambas cualidades; pero esto ha de regularse según las diferentes etapas de la vida; por ejemplo, no es fácil para los avanzados en edad cantar piezas musicales que requieran notas muy agudas, ya que la naturaleza les señala aquellas que son suaves y exigen poca fuerza de voz (por lo cual algunos peritos en música censuran con razón a Sócrates por prohibir que se instruya a los jóvenes en la armonía suave, como si, al igual que el vino, los embriagara, siendo el efecto de esta el de volver a los hombres bacantes, y no hacerlos languidecer); estas son, por consiguiente, las que deben ocupar a los que han envegecido. Además, si hay alguna armonía apropiada para la edad infantil, por ser al mismo tiempo elegante e instructiva, tal parece ser principalmente la lidia. Estos son, por decirlo así, los tres límites de la educación: la moderación, la posibilidad y el decoro.
Ancla H2