Nada es más doloroso para la mente humana que, después de que los sentimientos se han visto agitados por una rápida sucesión de acontecimientos, la calma muerta de la inactividad y la certeza que sigue, y priva al alma tanto de la esperanza como del temor.
Justine había muerto; ella descansaba; y yo estaba vivo. La sangre fluía libremente por mis venas, pero un peso de desesperación y remordimiento oprimía mi corazón, el cual nada podía disipar.
El sueño huyó de mis ojos; deambulaba como un espíritu maligno, pues había cometido actos de destrucción indescriptiblemente horribles, y más, mucho más (me persuadía a mí mismo) faltaba aún por venir.
Sin embargo, mi corazón rebosaba de bondad y del amor por la virtud. Había comenzado la vida con intenciones benévolas, y ansiaba el momento en que pudiera ponerlas en práctica y hacerme útil a mis semejantes.
Ahora todo estaba arruinado: en lugar de esa serenidad de conciencia que me permitía mirar atrás hacia el pasado con satisfacción propia, y a partir de ahí cosechar la promesa de nuevas esperanzas, me apoderaron el remordimiento y la sensación de culpabilidad, que me arrastraron a un infierno de torturas intensas, tales que ningún lenguaje puede describir.
Este estado de ánimo minó mi salud, que tal vez nunca se había recuperado por completo del primer golpe que había sufrido. Huía del rostro humano; todo sonido de alegría o complacencia era un tormento para mí; la soledad era mi único consuelo: una soledad profunda, oscura y semejante a la muerte.