No necesito describir los sentimientos de aquellos cuyos lazos más queridos son arrancados por ese mal de todo punto irreparable; el vacío que se presenta al alma; y la desesperación que se refleja en el semblante. Pasa mucho tiempo antes de que la mente pueda persuadirse de que aquella a quien veíamos todos los días, y cuya existencia misma parecía parte de la nuestra, se ha marchado para siempre—de que el brillo de unos ojos amados se ha apagado, y de que el sonido de una voz tan familiar y querida al oído ha enmudecido para no volver a escucharse jamás. Estas son las reflexiones de los primeros días; pero cuando el transcurso del tiempo demuestra la realidad del mal, entonces comienza la amargura verdadera del dolor. Mas ¿de quién no ha arrancado esa mano despiadada algún lazo querido? ¿Y por qué he de describir un dolor que todos han sentido y han de sentir? Llega al fin el momento en que el pesar es más un desahogo que una necesidad; y la sonrisa que brota en los labios, aunque pueda considerarse un sacrilegio, no se desterra. Mi madre había muerto, pero aún teníamos deberes que cumplir; debíamos continuar nuestro camino con los demás, y aprender a considerarnos afortunados mientras quede uno a quien el saqueador no haya arrebatado.
Mi partida hacia Ingolstadt, que estos acontecimientos habían retrasado, quedó decidida de nuevo. Conseguí de mi padre una prórroga de algunas semanas. Me parecía un sacrilegio abandonar tan pronto el reposo, semejante a la muerte, de la casa enlutada, y precipitarme en lo más vivo de la existencia.
Yo era novato en el dolor, pero este no por ello me alarmaba menos. No quería apartar la vista de quienes me quedaban; y, sobre todo, deseaba ver a mi dulce Elizabeth un tanto consolada.
Ella, en efecto, veló su dolor y se esforzó por consolarnos a todos.