solemne y conmovedora aun para un observador desinteresado. > Los espíritus de los difuntos parecían revolotear a su alrededor y proyectar una sombra, que se sentía pero no se veía, en torno a la cabeza del
El profundo dolor que esta escena había suscitado al principio dio paso rápidamente a la rabia y la desesperación. Ellos estaban muertos, y yo vivía; su asesino también vivía, y para destruirlo debía arrastrar mi fatigada existencia.
Me arrodillé sobre la hierba, besé la tierra y, con labios temblorosos, exclamé: «Por la tierra sagrada sobre la que me arrodillo, por las sombras que deambulan cerca de mí, por el profundo y eterno dolor que siento, lo juro; y por ti, oh Noche, y los espíritus que te gobiernan, perseguiré al demonio que causó esta desgracia hasta que él o yo perezcamos en un combate mortal.
Con este propósito preservaré mi vida: para ejecutar esta ansiada venganza volveré a contemplar el sol y a pisar la verde hierba de la tierra, que de otro modo se habría desvanecido de mis ojos para siempre. Y os invoco, espíritus de los muertos; y a vosotros, ministros errantes de la venganza, para que me ayudéis y me guiéis en mi obra. Que el maldito e infernal monstruo beba hasta el fondo la copa de la agonía; que sienta la desesperación que ahora me atormenta».
Había comenzado mi súplica con solemnidad y un pavor que casi me aseguraba que las sombras de mis amigos asesinados escuchaban y aprobaban mi devoción; pero las furias se apoderaron de mí al concluir, y la rabia ahogó mis palabras.
Me respondió en la quietud de la noche una risa fuerte y demoníaca. Resonó en mis oídos durante largo rato y con pesadez; las montañas la devolvieron en eco, y sentí como si todo el infierno me rodeara con burla y carcajadas.