Aun así, penetraría en su velo brumoso y los buscaría en sus refugios nublados. ¿Qué eran la lluvia y la tormenta para mí? Trajeron mi mula a la puerta y resolví ascender hasta la cima del Montanvert. Recordaba el efecto que la vista del tremendo y siempre en movimiento glaciar había producido en mi mente cuando lo vi por primera vez. Me había llenado entonces de un éxtasis sublime que le daba alas al alma y le permitía remontarse desde el mundo oscuro hacia la luz y la alegría. La visión de lo imponente y majestuoso en la naturaleza producía en verdad siempre el efecto de solemnizar mi espíritu y hacerme olvidar las preocupaciones pasajeras de la vida. Decidí ir sin guía, pues conocía bien el sendero, y la presencia de otra persona destruiría la solitaria grandeza del paisaje.
El ascenso es precipitado, pero el sendero está trazado en curvas continuas y cortas que permiten superar la verticalidad de la montaña. Es un paisaje de una desolación terrorífica. En mil puntos se aprecian los rastros de la avalancha invernal, donde los árboles yacen rotos y esparcidos por el suelo; algunos destruidos por completo, otros doblados, apoyados sobre las rocas salientes de la montaña, o transversalmente sobre otros árboles. A medida que se asciende, el camino se ve interceptado por barrancos de nieve, por los que caen rodando piedras continuamente desde arriba; uno de ellos es particularmente peligroso, ya que el más mínimo sonido, como incluso hablar en voz alta, produce una conmoción en el aire suficiente para atraer la destrucción sobre la cabeza de quien habla. Los pinos no son altos ni lozanos, pero son sombríos y añaden un aire de severidad al paisaje. Miré el valle de abajo; inmensas brumas se levantaban de los ríos que lo surcaban, y se enrollaban en espesos jirones alrededor de las montañas