“¡Cuán inconstantes son tus sentimientos! Hace apenas un momento estabas conmovido por mis razones, ¿y por qué vuelves a endurecerte ante mis quejas?
Te juro, por la tierra que habito y por ti que me hiciste, que, con la compañera que me otorgues, abandonaré las cercanías del hombre y viviré, según se dé el caso, en el más salvaje de los lugares. ¡Mis pasiones malvadas habrán huido, pues encontraré compasión!; mi vida transcurrirá apaciblemente y, en mis últimos momentos, no maldeciré a mi creador”.
Sus palabras produjeron un extraño efecto en mí. Me compadecí de él y a veces sentí el deseo de consolarlo; pero cuando lo miraba, cuando veía aquella masa inmunda que se movía y hablaba, el corazón se me encogía y mis sentimientos se trocaban en horror y odio.
Intenté sofocar estas sensaciones; pensé que, puesto que no podía compadecer con él, no tenía derecho a negarle la pequeña porción de felicidad que aún estaba en mi poder otorgarle.
—Juras —dije— ser inofensivo; pero ¿no has demostrado ya un grado de malicia que debería hacerme desconfiar de ti con razón? ¿No puede ser esto incluso una farsa que aumente tu triunfo al brindar un campo más amplio a tu venganza?
“¿Cómo es esto? No se debe jugar conmigo: y exijo una respuesta. Si no tengo lazos ni afectos, el odio y el vicio serán mi porción; el amor de otro destruirá la causa de mis crímenes, y me convertiré en un ser cuya existencia todos ignorarán. Mis vicios son hijos de una soledad forzada que aborrezco; y mis virtudes surgirán necesariamente cuando viva en comunión con un igual. Sentiré