Intenté acompañarlos y avancé una corta distancia desde la casa; pero la cabeza me daba vueltas, mis pasos eran como los de un hombre borracho, caí al fin en un estado de total agotamiento; un velo nubló mis ojos y mi piel estaba reseca por el calor de la fiebre.
En este estado fui llevado de regreso y colocado sobre una cama, apenas consciente de lo que había sucedido; mis ojos vagaron por la habitación, como si buscaran algo que había perdido.
Pasado un intervalo, me levanté y, como por instinto, me arrastré hasta la estancia donde yacía el cadáver de mi amada. Había mujeres llorando alrededor; me incliné sobre él y uní mis tristes lágrimas a las de ellas. Durante todo este tiempo ninguna idea clara acudió a mi mente; mis pensamientos divagaban por diversos temas y reflexionaban confusamente sobre mis desgracias y su causa. Me encontraba perdido en una nube de estupor y horror. La muerte de William, la ejecución de Justine, el asesinato de Clerval y, por último, el de mi esposa; ni siquiera en ese momento sabía si mis únicos amigos supervivientes estaban a salvo de la maldad del demonio; mi padre bien podría estar sufriendo ahora mismo bajo sus garras, y Ernest tal vez yacía muerto a sus pies. Esta idea me hizo estremecer y me devolvió a la acción. Me puse en pie y decidí regresar a Ginebra con la mayor brevedad posible.
No se podían conseguir caballos, y debía regresar por el lago; pero el viento era desfavorable y la lluvia caía a cántaros. Sin embargo, apenas amanecía y podía esperar razonablemente llegar al caer la noche. Contraté hombres para remar y tomé un remo yo mismo, pues siempre había experimentado alivio para el tormento mental en el ejercicio físico. Pero la desbordante miseria que ahora sentía, y el exceso de agitación que padecía, me incapacitaron para cualquier esfuerzo. Solté el remo y, apoyando la cabeza en las manos, me entregué a cada idea sombría que surgía.