le presta el más insignificante de los servicios, todo su semblante se ilumina, por así decirlo, con un haz de benevolencia y dulzura que jamás he visto igualado. Pero por lo general se muestra melancólico y desesperado; y a veces cruje los dientes, como si estuviera impaciente ante el peso de las desgracias que lo oprimen. > Cuando mi huésped se hubo recuperado un poco, me costó mucho trabajo mantener alejados a los hombres, que deseaban hacerle mil preguntas; pero no consentí que fuera atormentado por su ociosa curiosidad, en un estado físico y mental cuya recuperación dependía evidentemente del más absoluto reposo. En una ocasión, sin embargo, el teniente le preguntó por qué había avanzado tanto sobre el hielo en un vehículo tan extraño. > Su semblante adoptó al instante un aspecto de la más profunda oscuridad y respondió: «Para buscar a aquel que huyó de mí». > —¿Y el hombre al que persiguió viajaba del mismo modo? > —Sí. > —Entonces supongo que lo hemos visto; porque el día antes de recogerlo a usted, vimos a unos perros tirando de un trineo, con un hombre dentro, a través del hielo. > Esto despertó la atención del desconocido, que formuló una multitud de preguntas relativas a la ruta que el demonio, como él lo llamó, había seguido. Poco después, cuando se halló a solas conmigo, dijo: «Sin duda he despertado su curiosidad,
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Carta IV
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