propagaría sobre la tierra, capaces de hacer que la existencia misma de la especie humana fuera una condición precaria y llena de terror. ¿Tenía derecho, en beneficio propio, a infligir esta maldición a las generaciones venideras? Antes me habían conmovido los sofismas del ser que había creado; me habían dejado sin sentido sus amenazas diabólicas: pero ahora, por primera vez, la maldad de mi promesa se abrió paso en mí; me estremecía al pensar que las edades futuras pudieran maldecirme como a su plaga, cuya egoísta falta de vacilación compró su propia paz al precio, tal vez, de la existencia de toda la raza humana.
Temblé, y el corazón me falló en el pecho cuando, al levantar la vista, vi a la luz de la luna al demonio en la ventana.
Una mueca espantosa arrugó sus labios mientras me contemplaba, allí sentado mientras cumplía la tarea que él me había asignado.
Sí, me había seguido en mis viajes; había deambulado por bosques, se había escondido en cuevas o se había refugiado en páramos amplios y desérticos; y ahora venía a comprobar mis progresos y a exigir el cumplimiento de mi promesa.
Al mirarle, su semblante expresaba el colmo de la malicia y la perfidia.
Pensé con sensación de locura en mi promesa de crear a otro igual a él y, temblando de furia, hice pedazos la cosa en la que estaba trabajando.
El malvado me vio destruir a la criatura de cuya futura existencia dependía su felicidad y, con un aullido de diabólica desesperación y venganza, se retiró.
Salí de la habitación y, al echar la llave, hice el solemne juramento en mi propio corazón de no volver a reanudar mis trabajos; y entonces, con