“Mi modo de vida en mi choza era uniforme. Por la mañana, observaba los movimientos de los aldeanos; y cuando se dispersaban en diversas ocupaciones, dormía: el resto del día lo pasaba observando a mis amigos. Cuando se habían retirado a descansar, si había luna o la noche estaba estrellada, iba al bosque y recolectaba mi propio alimento y leña para la choza. Cuando regresaba, tantas veces como era necesario, despejaba su camino de la nieve y realizaba aquellas tareas que había visto hacer a Felix. Más tarde descubrí que estas labores, realizadas por una mano invisible, losasombraban enormemente; y una o dos veces los oí, en estas ocasiones, pronunciar las palabras «buen espíritu», «maravilloso»; pero entonces no comprendía el significado de estos términos.
“Mis pensamientos se volvieron entonces más activos, y ansiaba descubrir los motivos y sentimientos de estas encantadoras criaturas; tenía curiosidad por saber por qué Félix parecía tan desdichado y Ágatha tan triste. Pensé (¡necio infeliz!) que tal vez estuviera en mi poder devolver la felicidad a estas personas tan dignas. Cuando dormía o estaba ausente, las figuras del venerable padre ciego, la gentil Ágatha y el excelente Félix revoloteaban ante mí. Los consideraba seres superiores que serían los árbitros de mi destino futuro. Forjé en mi imaginación mil cuadros sobre cómo presentarme ante ellos y cómo me recibirían. Imaginé que sentirían repugnancia, hasta que, con mi suave comportamiento y mis palabras conciliadoras, me ganara primero su favor y después su amor.
“Estos pensamientos me llenaban de júbilo y me impulsaron a aplicarme con nuevo ardor al aprendizaje del arte del lenguaje. Mis órganos eran, en verdad, ásperos, pero flexibles; y aunque mi voz difería mucho de la suave música de sus tonos, aun así pronunciaba las palabras que entendía con bastante facilidad. Era como el caso del asno y el faldero; pero seguramente el tierno asno cuyas intenciones eran afectuosas, aunque sus modales fueran toscos, merecía mejor trato que golpes y maldiciones.
“Las agradables lluvias y la benigna calidez de la primavera alteraron enormemente el aspecto de la tierra.