Con esta resolución atravesé las tierras altas del norte y elegí una de las más remotas de las Orcadas como escenario de mis labores.
Era un lugar propicio para semejante obra, ya que apenas era más que una roca cuyas altas laderas eran azotadas continuamente por las olas.
El suelo era estéril, y apenas ofrecía pasto para unas pocas vacas miserables, y harina de avena para sus habitantes, que constaban de cinco personas, cuyos miembros demacrados y escuálidos daban testimonio de su mísera dieta.
Las verduras y el pan, cuando se permitían tales lujos, e incluso el agua dulce, debían obtenerse en el continente, que distaba unas cinco millas.
En toda la isla no había más que tres chozas miserables, y una de estas estaba desocupada cuando llegué. Esta la alquilé. Contenía solo dos habitaciones, y estas mostraban toda la sordidez de la más miserable penuria.
El techo de paja se había venido abajo, las paredes no estaban estucadas y la puerta estaba desquiciada. Mandé que la repararan, compré algunos muebles y tomé posesión; un incidente que, sin duda, habría causado cierta sorpresa, de no haber estado los sentidos de los aldeanos entumecidos por la necesidad y la mísera pobreza.
Tal como estaban las cosas, viví sin ser observado y sin molestias, apenas agradecido por la limosna de comida y ropa que daba; hasta tal punto entumece el sufrimiento incluso las sensaciones más burdas de los hombres.
En este retiro dedicaba la mañana al trabajo; pero por la tarde, cuando el tiempo lo permitía, paseaba por la pedregosa playa del mar, para escuchar las olas mientras rugían y rompían a mis pies. Era un escenario monótono pero siempre cambiante. Pensaba en Suiza; era muy diferente de este paisaje desolado y aterrador.