violentamente, temiendo alguna desgracia terrible. El interior de la cabaña estaba oscuro y no oí ningún movimiento; no puedo describir la agonía de esta incertidumbre.
“Poco después pasaron por allí dos paisanos; pero, deteniéndose cerca de la cabaña, se pusieron a conversar con ademanes violentos; mas no comprendí lo que decían, pues hablaban el idioma del país, que difería del de mis protectores.
Poco después, sin embargo, se acercó Félix con otro hombre: me sorprendí, ya que sabía que no había salido de la cabaña aquella mañana, y esperé ansioso para descubrir, por su discurso, el significado de estas insólitas apariencias.
—«¿Considera usted —le dijo su compañero— que se verá obligado a pagar tres meses de alquiler y a perder los frutos de su jardín? No deseo sacar ninguna ventaja injusta, y le ruego, por tanto, que se tome unos días para pensarse su decisión».
«—Es totalmente inútil —respondió Félix—; jamás podremos volver a habitar vuestra cabaña. La vida de mi padre corre el mayor peligro debido al terrible acontecimiento que he relatado. Mi esposa y mi hermana nunca se recuperarán de su horror. Te suplico que no discutas más conmigo. Toma posesión de tu vivienda y déjame huir de este lugar».
—Felix tembló violentamente al decir esto. Él y su compañera entraron en la cabaña, en la que permanecieron unos minutos, y luego se marcharon. No volví a ver a ninguno de los miembros de la familia De Lacey.
“Continué el resto del día en mi choza en un estado de absoluta y estúpida desesperación. Mis protectores se habían marchado y habían roto el único vínculo que me tenía atado al mundo. Por primera vez los sentimientos de venganza y odio llenaron mi pecho, y no me esforcé por