que simpatizaban con mis sentimientos y alegraban mi tristeza; sus rostros angelicales exhalaban sonrisas de consuelo. Pero todo era un sueño; ninguna Eva calmó mis penas ni compartió mis pensamientos; estaba solo. Recordé la súplica de Adán a su Creador. ¿Pero dónde estaba la mía? Me había abandonado y, en la amargura de mi corazón, lo maldije.
“El otoño pasó de ese modo. Vi, con sorpresa y con pena, cómo las hojas se marchitaban y caían, y cómo la naturaleza adoptaba de nuevo el aspecto estéril y desolado que había tenido cuando vi por primera vez los bosques y la hermosa luna.
Sin embargo, no presté atención a la crudeza del tiempo; mi complexión me adaptaba mejor para soportar el frío que el calor. Pero mis principales delicias eran la visión de las flores, las aves y todo el alegre atuendo del verano; cuando estos me abandonaron, volví mi atención con mayor interés hacia los habitantes de la cabaña.
Su felicidad no disminuía por la ausencia del verano. Se amaban y se compadecían mutuamente; y sus alegrías, al depender los unos de los otros, no se veían interrumpidas por los contratiempos que ocurrían a su alrededor.
Cuanto más los veía, mayor era mi deseo de reclamar su protección y su bondad; mi corazón anhelaba ser conocido y amado por estas amables criaturas: ver sus dulces miradas dirigidas hacia mí con afecto era el límite máximo de mi ambición.
No me atrevía a pensar que las apartarían de mí con desdén y horror. Los pobres que se detenían en su puerta nunca eran rechazados. Pedía, es verdad, mayores tesoros que un poco de comida o descanso: exigía bondad y compasión; pero no me creía del todo indigno de ellas.