omnipotente hasta entonces en sus actos de sangre, casi lo considerara invencible; y que, cuando pronunció las palabras: «Estaré con vosotros en vuestra noche de bodas», considerara el destino amenazado como inevitable. Pero la muerte no era ningún mal para mí si se equilibraba con la pérdida de Elizabeth; y, por tanto, con rostro satisfecho e incluso alegre, convení con mi padre en que, si mi prima consentía, la ceremonia se celebraría en diez días, sellando así, según imaginaba, mi destino.
¡Gran Dios! Si por un solo instante hubiera pensado cuál podía ser la infernal intención de mi diabólico adversario, me habría exiliado para siempre de mi país natal y habría vagado sin amigos como un paria por la tierra, antes que haber consentido este desgraciado matrimonio. Pero, como si poseyera poderes mágicos, el monstruo me había cegado ante sus verdaderas intenciones; y cuando creí que solo había preparado mi propia muerte, apresuré la de una víctima mucho más querida.
A medida que se acercaba el plazo fijado para nuestra boda, ya fuera por cobardía o por un sentimiento profético, sentí que el corazón se me encogía en el pecho.
Pero oculté mis sentimientos con una apariencia de alegría que arrancó sonrisas y júbilo del rostro de mi padre, aunque apenas engañó a la mirada, siempre alerta y más aguda, de Elizabeth.
Ella aguardaba nuestra unión con plácida satisfacción, no exenta de un cierto temor, impreso por las desgracias pasadas, de que lo que ahora parecía una felicidad cierta y tangible pudiera disiparse pronto en un sueño efímero y no dejar más rastro que un profundo y eterno remordimiento.
Se hicieron los preparativos para el acontecimiento; se recibieron visitas de felicitación; y todos mostraba un aspecto sonriente.