¡Ay! ¿Por qué conservaron una vida tan desgraciada y aborrecida? Sin duda fue para que yo pudiera cumplir mi destino, que ahora toca a su fin. Pronto, ¡oh!, muy pronto, la muerte extinguirá estos latidos y me librará del pesado fardo de angustia que me abate hasta el polvo; y, al ejecutar el fallo de la justicia, también caeré en el descanso. Entonces la apariencia de la muerte era lejana, aunque el deseo estuviera siempre presente en mis pensamientos; y a menudo me sentaba durante horas inmóvil y sin habla, deseando alguna tremenda revolución que me sepultara a mí y a mi destructor en sus ruinas.
Se acercaba la estación de las sesiones judiciales. Yo llevaba ya tres meses en prisión; y aunque seguía débil y en peligro constante de recaída, me vi obligado a viajar casi cien millas hasta la capital del condado, donde se celebraba el tribunal.
El señor Kirwin se hizo cargo de todo lo referente a la búsqueda de testigos y a la organización de mi defensa. Me ahorraron la deshonra de comparecer públicamente como un criminal, ya que el caso no fue llevado ante el tribunal que decide sobre la vida y la muerte.
El gran jurado desestimó la acusación al probarse que me encontraba en las islas Orcadas a la hora en que se encontró el cadáver de mi amigo; y dos semanas después de mi traslado, fui puesto en libertad.
Mi padre estaba embelesado al verme libre de las molestias de una acusación criminal, de que se me permitiera de nuevo respirar el aire fresco y volver a mi país natal. Yo no compartía estos sentimientos; pues para mí los muros de un calabozo o de un palacio eran igualmente aborrecibles. La copa de la vida estaba envenenada para siempre; y aunque el sol brillaba sobre mí, como sobre los felices y alegres de corazón, no veía a mi alrededor más que una densa y espantosa oscuridad, que no penetraba más luz que el brillo de dos ojos que me miraban fijamente.