Y cuando, al día siguiente, me presentó a Elizabeth como su obsequio prometido, yo, con infantil seriedad, interpreté sus palabras literalmente y consideré a Elizabeth como mía: mía para protegerla, amarla y cuidarla. Todas las alabanzas que le prodigaban las recibía como dirigidas a una posesión mía. Nos llamábamos familiarmente con el nombre de prima. Ninguna palabra, ninguna expresión podía dar forma al tipo de relación en la que ella se hallaba conmigo: mi más que hermana, ya que hasta la muerte iba a ser solo mía.
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Capítulo I
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